Durante
la década de los ’90 en Buenos Aires, a medida que la situación económica
se fue poniendo más y más difícil, comenzó a notarse en pequeñas
acciones de la vida cotidiana que nuestros vecinos de sociedad, en vez de
volverse más sensibles y solidarios, se pusieron más ortivas y canutos.
A
continuación algunos ejemplos.
#1. Garrones
Históricamente,
el carnicero separaba los huesos inútiles de las reses, y se los regalaba a
alguna persona que se los mangueara, le cayera bien o quisiera seducir. Con los
sucesivos aumentos del valor de la carne, los huesos dejaron de ser una
“sobra” para transformarse en un “costo”, y ahora sobre
el mostrador ensangrentado puede verse la bolsita de “huesos para
perros” con su precio módico y mezquino.
#2. Cualquier verdura
Siguiendo
la lógica de su colega el carnicero (muchas veces socios en el local), el
verdulero comenzó a cobrar el perejil y los ramilletes de verdurita que le dan
sabor y aroma a los guisos, las sopas, los pucheros, etc., y que solían ir de
regalo con la compra de otros ingredientes para esas delicias de bajo costo,
donde las moneditas hacen diferencia.
#3. En llanta
Además
de ser un medio de transporte digno, sano y no contaminante, la bicicleta es una
alternativa al encarecimiento del pasaje de colectivo. Alcanza con arrimarse a
los furgones de los trenes en las primeras horas de la mañana y las últimas
de la tarde para ver la cantidad de laburantes que van a trabajar pedaleando. A
la par, muchas estaciones de servicio (y gomerías) empezaron a prohibir inflar
las ruedas de las bicis con sus compresores; otras sugieren o exijen el pago de
cincuenta centavos por el servicio. Casi todas las bicicleterías adhieren: si
uno no necesita arreglos ni accesorios, el aire tiene precio.
#4. Amargos
¿Será
por el tiempo que demora hacer la gauchada? ¿Por el costo del gas? La
cuestión es que la mayoría de los bares, fondas, bufetes y bolichones cobran
un peso el agua caliente para matear, que encima muchas veces viene hervida y
quema la yerba y la lava a la tercer cebada.
Otro
ejemplo de bar, la punta del ovillo:
Hoy
en día, sobre todo con la explosión del mercado de celulares, todo el mundo es
más consciente del costo de una llamada, pero quince o veinte años atrás,
uno podía entrar a un bar y pedir prestado el teléfono. A partir de los
’90 si bien 2 ó 3 minutos salen 20 centavos, la llamada se cobra un peso.
La situación comenzó a cambiar con la privatización de la telefonía. Primero
aumentó la tarifa y la consciencia del gasto. Después las compañías
cubrieron las zonas más rentables con teléfonos públicos. Hoy la actitud
canuta ya nos resulta lo más razonable. Si no, hacé la prueba de pedir
prestado un celular para hacer una llamada a ver quién te lo presta: nadie
tiene crédito.
¿Por
qué pasó todo esto?
Creo
que lo que pasó en los noventa fue que se instauraron (se naturalizaron) las
metáforas del capitalismo: el mundo es un mercado; los habitantes, productores
y consumidores; la medida de las cosas es costo y beneficio; cada individuo es
responsable de sus propias condiciones de existencia.
¿Pero
cómo? ¿A través de qué mecanismos? Repasemos algunos aspectos de
aquellos años.
La
Convertibilidad y la vuelta de las monedas
Cuando
apareció, la moneda de un peso era carísima: valía un dólar. Y
los centavos contaban: aparte del teléfono público, se implementaron las máquinas
expendedoras de boletos, y se reforzó la cultura del monedero.
Quiniela clandestina, no sé si tanta, pero siempre hubo, y aparecieron las
raspaditas, los bingos, las tragamonedas, el escolazo menudo. Las chirolas son
un negocio millonario.
Por
un lado la falta de trabajo y por otra el exhibicionismo de la opulencia,
incentivaron lo que una Sarlo llamaba “la utopía del batacazo”. Los
juegos de azar, otra instancia del individualismo liberal creciente: cualquiera
puede ganar un millón de dólares, pegarla y volverse súbitamente rico y
famoso, el caso excepcional que sostiene la regla. Florecieron los programas de
juegos. Una década timbera.
Porque
por otra parte, el uno a uno era muy funcional al lavado de dinero, y así
aparecieron casinos y hoteles cinco estrellas. Y no sólo llegaron divisas para
lavar, trajeron merca. De ser un país de tránsito (no hacía falta visa para
visitar a nuestros aliados de Estados Unidos), se convirtió en un país de
consumo (de consumismo). Fue la década de la coca. Y de la buena. Los dólares
que acá se vendían a un peso en Perú valían tres, en Bolivia cinco, en
Colombia no sé. Llegaba pala a lo pavote. La democracia de la falopa: tomaban
desde las celebridades hasta los villeros. Pero, y acá quería llegar, en la
fiesta del jet set se aspira de una bandeja de plata porque nunca se acaba; en
la villa los últimos saques se toman de querusa, no da para convidar. Con la
devaluación la droga se volvió muy cara, precio internacional, y para consumo
popular se empezó a distribuir pasta básica, paco, un viaje por un peso.
Imaginate lo que se puede hacer por una moneda.
Las Importaciones:
Desembarcaron
en el país los hipermercados (del lado doméstico) y los shopping
(con su estética y su estatus, y no voy a entrar en su cultura: que de eso se
ocupe un francés con más estudios). Los comerciantes chicos entraron en una
lucha muy desigual. La ley de la oferta y la demanda. Los hipermercados (y las
cadenas de chinos) tienen dos privilegios: en cuanto a la demanda, imponen
condiciones a sus proveedores; con respecto a la oferta, imponen precios a
clientes y competencia. La guerra de los decimales en panfletos y carteles. De
la mano de las tarjetas de crédito, muy en boga, se generalizó la idea de la compra
del mes, y en cuotas (el crédito era el costado amable de la época).
En el súper la gauchada está excluída (“yo no lo decido; si fuera por mí,
negro, llevate lo que quieras...”): está todo inventariado, codificado, y
desde ya “todo tiene precio”. Los negocios barriales se vieron
relegados a las necesidades de último momento. Así empezó la crisis del
fiado. El comerciante se vio ante un dilema: ¿Qué hago: le anoto a
riesgo de que me cague, o no le fío y pierdo un cliente?
También
hicieron su incursión las ferias americanas (que en sus primeras
versiones vendían ropa importada) y el Todo por $2. La ropa vieja, que antes se
regalaba a quien pudiera necesitarla, pasó a ser un producto comercializable.
Luego la estética del revival los convirtió en locales glamorosos con ropa de
los setentas y ochentas. Un modo de estetizar la crisis cuando la clase media
empezó a bajar el copete: revalorizar y vender la herencia; se podía sacar
unos mangos por cualquier cosa que hubiera en las casas de los abuelos.
La Globalización:
¿Qué
pasó en los noventa a nivel mundial? La tecnología de las comunicaciones
traspasó fronteras, por el desarrollo que alcanzaron la telefonía, Internet,
la televisión satelital, el cine, la radio y la prensa, y por los pocos grupos
que concentraban su influencia en amplias superficies del globo. Dos ejemplos de
acá: las agencias de publicidad y editoriales locales son pocas y chicas; la
mayoría se fue absorbida por grupos multinacionales. A la mierda el muro de
Berlín y la Muralla China. Zapatillas alemanas fabricadas en Taiwán a noventa
pesos-dólar. Las corporaciones, ya grandes, extendieron su campo de acción,
llevando a todo el globo sus ambiciones, sus valores y sus prácticas, sus
productos y servicios. ¿Qué pasó en los noventa en Argentina? Eso, a
través de los requisitos y directivas de los organismos de crédito
internacional, un gobierno corrupto y alcahuete, sindicatos pipones, la
flexibilización laboral y la plena desocupación, llegaron capitales de
distinto origen (o sea, representados por distintos gobiernos) a explotar los
recursos naturales, y la alta rentabilidad. Pero estábamos en el centro del
mundo, nos codeábamos con los grandes. Turistas argentinos por Europa (muchos
de los que después fueron emigrados: graduados en bares).
Hubo
un gran desarrollo de las ciencias con fines corporativistas: florecieron el
mercadeo, comercialización, administración, relaciones laborales; ramas de la
psicología, las ciencias de la educación y la medicina se especializaron en
estudiar comportamientos y buscar formas de perfeccionar y satisfacer a
consumidores y trabajadores. Los logros pueden verse aplicados en la publicidad
no tradicional y el diseño de supermercados, en los medios de selección
y capacitación de la áreas de recursos humanos, en cómo cundieron los centros
impersonales de atención telefónica y vía web en los departamentos de
satisfacción del cliente. Ahora tenemos telemárketers que atienden en inglés
a clientes de Australia y Canadá, pero con salarios argentinos.
Las
corporaciones aumentaron su eficacia para imponer sus valores y convertir sus
ofertas en necesidades. Esto se opera de varios modos: 1- a través del chantaje
de la saturación del mercado y de los medios: un ejemplo, andá a ver la parte
de lácteos de un supermercado y mirá cuántas propagandas de lácteos hay en
los horarios centrales, y lo mismo con los best-sellers en las primeras mesas de
las cadenas de librerías y las listas de ventas de las secciones de cultura; 2-
a través del chantaje del estatus y los signos de inclusión y exclusión, lo
que la publicidad legitima como bello, deseable, útil, opulento: ejemplo, no
tener un celular o mail es casi un signo de rebeldía y jipismo (no hay villero
que no tenga); pensá en un CV que no incluya esos datos: es casi sospechoso; 3-
el chantaje del avance y la actualización permanente: la novedad se vende todo
el tiempo, pero a su vez no se puede permanecer en un estado anterior por más
que sea satisfactorio y eficaz: en Internet los videos y fotologs exigen que
renueves tu equipo o programas periódicamente hasta el punto de que lo que tenés
y te sirve se vuelve inoperante, y las cuentas de mail actuales con su capacidad
exagerada obligan (sea en el laburo, en el ciber o en la casa) a usar conexiones
de banda ancha. Pero también es la capacitación permanente: el empleado
estudiando idiomas, haciendo seminarios o leyendo el fin de semana manuales de
procedimientos de la empresa. Las corporaciones apuntan a que su gente se ponga
la camiseta.
Las privatizaciones:
¿Qué
se privatizó? La escuela y la univesidad (aparecieron los
trainees, las pasantías), la medicina prepaga, la seguridad, la jubilación,
las funciones del estado, y el monopolio de los servicios (agua, luz,
gas, tel, trenes, subte, correo, radio y televisión). ¿Qué generó?
Modernización, mayor cobertura, la eficiencia de las empresas y el fin de las pérdidas
y curros del Estado. Al mismo tiempo, aumentos notables en el costo de vida,
mayor dramatismo del poder adquisitivo, una corrupción descontrolada, expansión
del mercado (oligopólico) y reducción de la vida comunitaria: los
conciudadanos-usuarios pasaron a ser consumidores individuales.
Una
ley permitió la creación de los multimedios, un par de empresas
que transmiten en cadena las formas de percibir la realidad que conforman a
ciertos intereses (la inversión en propaganda del Estado, la conveniencia de
los auspiciantes, la opinión de grupos religiosos, el beneficio de ciertas
campañas políticas). ¿Y qué son sobre todo los medios masivos
actualmente? Canales de venta y promoción, todo se mide en cifras
y eficacia, y ya se las ingeniaron tanto para meter publicidades
donde cupieran que se llegó a la venta directa en pantalla, la venta como
contenido (hay programas que son como locales de electrodomésticos; programas
sobre publicidades; programas en supermercados). Es decir, el contenido está
cada vez más vacío de sentido, más estandarizado, la repetición, la cita, la
versión, la parodia, el homenaje, formatos replicados y localizados
(homogeneizados como los diseños de los coches). La franquicia. Pero
donde se ve claro el papel de productor-consumidor de cada individuo es en
Internet.
¿Qué
onda la web 2.0? La idea es que los usuarios generan los contenidos y las
comunidades de usuarios autoregulan sus actividades, las corporaciones brindan
los medios, las herramientas, el estado de tecnología, logos y reglas. Lo que
se disfraza es la pasantía, el trabajo no remunerado. Ahora Google la hizo
completa: vende un servicio en que pagás cuatro centavos por cada clic en un
anuncio tuyo, o sea, por cada visita que te mandan a tu página; está todo
indexado y por asociación de palabras ubica los anuncios en páginas relevantes
y les paga dos centavos cada vez que alguien cliquea un anuncio: o sea, cobra
cuatro, paga dos, su logo siempre visible. Las chirolas son el negocio de los
millonarios. Sin duda, es genial contar con esos canales, pero la cantidad de
información que se genera y la circulación es tanta que las relaciones de
alguna intensidad se siguen manteniendo a escala humana, entre personas.
¿Cuántos mails puede contestar una persona, en cuántos blogs, fotologs,
videologs, foros y chats puede intervenir, cuántas páginas puede visitar por día
una persona, si aparte tiene ganas de aportar contenidos propios?
Por eso, creo, que la alternativa es esa: mantener las relaciones persona a persona, no querer entrar en una masividad absurda, cuidar lo que pasa a nuestro alrededor, seguir apostando al cuerpo, a la voz, al contacto, ver qué podemos hacer en nuestro entorno y en la mediad de nuestras fuerzas, que no son pocas.
Marzo
de 2007
Este texto fue leído y ampliado en la segunda edición de Ensayos en Vivo.
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