Una tarde de primavera nuestro pobre protagonista espera el colectivo, solo, frente a un puesto de diarios cerrado, en una avenida irrelevante de dos carriles largos de cruzar. Es un muchacho castaño, pálido, bastante corriente, que recién entró en la veintena, y si algo en él llama la atención es que parece escatimarle presencia al mundo. Lleva un poco de ansiedad y un silbido que resalta el grosor de sus labios. La vista negra se arrastra en torno a las botamangas de los jeans; los hombros tienden al mentón y el mentón al pecho. Con la frecuencia de un tic, de reojo echa un vistazo de desconfianza alrededor y de a ratos la mirada se frunce tratando de adivinar el horizonte. Los colectivos vienen embistiendo contra la barrera invisible del semáforo. El que él necesita enfila para el medio del asfalto y se disimula en la manada. Nuestro pobre protagonista levanta la señal clara e imperiosa de su brazo, pero la estampida lo ignora. Insulta entre dientes. Tendrá que volver a cantar o silbar otros diez minutos. Tal vez piensa en lo que dijo un amigo con mucha razón, en la letra de la música que no por casualidad resulta ser una epifanía de sus sentimientos, en las coincidencias; no es tan importante como que está, sin sospecharlo, en el umbral de una serie de sacrificios y delicias: a punto de enamorarse de la mujer de su vida.
El colectivo viene. Una unidad con máquina detrás del chofer y puerta al fondo. Ni bien sube, pide su boleto y cuando mira cuál de los varios posibles será su asiento: en el tercero de dos, del lado de la ventanilla, ve directo en los ojos a la que será la mujer de su vida: lo siente en cuanto las miradas se enganchan en uno de esos instantes boquiabiertos sin palabras ni pensamientos. Las miradas se apartan con pudor, vuelven a encontrarse de refilón segundos después, y los párpados se cierran. A nuestro querido protagonista las mejillas se le encienden, le laten las sienes, el alboroto en la sangre lo entorpece y unas monedas se le caen. Al juntarlas se golpea la cabeza con la máquina y por poco termina en el suelo, pero se repone, consigue su boleto y, sin rastro de papelón alguno, imprevisiblemente aun para él, va resuelto y se sienta al lado de aquella hermosura. Acomoda las nalgas en el asiento con las piernas separadas pero sin invadirla, endereza los hombros, aclara la garganta, respira hondo, gira la cabeza —y las palabras le huyen… Vuelve el rostro al frente. Ella estuvo a punto de mirarlo. El semáforo enrojece; una mujer asiste a un maltrecho que sube.
El
muchacho no es tímido pero menos aún un ejemplo de extroversión. Desde los
quince años vive llevando los pantalones de la casa, con una hermana fácil
y una madre abrasiva, huérfana y viuda del padre respectivamente. El padre se
mató en un accidente en la calle. Una de esas tragedias absurdas que arruinan
la vida de las personas. Venía cortando una avenida con la moto. Levantó la
rueda delantera, y diez metros después, algo fatal —una piedra, un pedazo
de plástico— lo desestabilizó: cayó y se deslizó más allá de las dos
rayas amarillas. El camión que avanzaba en sentido contrario, a pesar del
chiflido de los frenos, lo atropelló con todas las ruedas. Tuvieron que velarlo
con el cajón cerrado. La relación entre ambos por ese entonces distaba de la
fluidez, y con frecuencia creciente sobrevenían agrias discusiones. El muchacho
le enrostraba inmadureces al padre, y éste no estaba dispuesto a soportar que
un mocoso aburrido le enseñara disciplina. Se llenaba la casa de gritos
escandalosos, forcejeos incluso, a los que ponía fin el llanto de la madre
cuando rogaba a los dos hombres que más quería, por el amor de Dios, que no la
hicieran sufrir más. El padre tomaba su casco, daba un portazo y se largaba.
Una de estas escenas había prologado su tragedia final. Nuestro protagonista
acusó el golpe. Un sentimiento de culpa tan infundado como indiscutible se
apoderó de su ánimo. Su introversión se acentuó en forma aguda. Tenía pocos
amigos. No dejó de ser sociable pero a nadie volvió a confiar intimidades ni
sentimientos. Al mismo tiempo se vio transformado en el hombre del hogar.
Responsabilidad e ingresos. Enrique, un amigo del padre, le dio trabajo un par
de horas por día después de la escuela. La madre —en otros tiempos una
mujer llena de entusiasmo— se abocó a la viudez y la hipocondría.
Trabaja en una cabina de peaje y pocas ocasiones tiene de aquejar a nadie con
sus malestares, pero vuelve del trabajo con ganas de conversar y,
cada vez que lo encuentra, desborda los oídos de su pobre hijo. La hermana,
aunque muestra toda la inmadurez que corresponde a sus diecisiete, parece mayor.
En parte por el envejecimiento que a menudo comporta sufrir, y en parte porque
se relaciona con chicos mayores. Además, tiene la tez pálida, y el pelo negro
igual que las ropas y el maquillaje, es dark, una forma de lucir que enrarece a
las chicas feas pero no logra disimular a las lindas. Jimena no lo es; es una
chica rara, y rápida, dicen. Le encuentra el aspecto encantador a cuanto amigo
conoce, y le espeta al hermano lo dueña que es de su cuerpo y cuánto le
importa la opinión de los demás. Por otra parte, ambas mujeres lo celan sin
admitirlo y con fervor. Podía esperarse que nuestro pobre protagonista se
hiciera homosexual. En cambio, se volvió romántico: se formó una idea sagrada
del amor y de la mujer poco corroborables. Sufrió sólo dos o tres decepciones
y sobrellevó algún tiempo digna y amargamente la infideldad de una zorra, pero
al cabo adoptó una actitud defensiva, que de antemano excluía el compromiso
afectivo y de improviso lo reclamaba con vehemencia: o sea, un libidinoso que de
pronto quiere amor eterno, un lascivo desbordante de un amor puro, espiritual,
vano. Así los fines de semana se mueve en los contornos de la noche, y le
ocurren aventuras excitantes pero sigue más solo que un perro, esperando otra
intensidad.
No
puede permanecer callado el resto del viaje al borde del rabillo derecho de su
ojo, inquieto, y estremecerse por el roce casual de la rodilla con la rodilla o
el codo con el codo, el No ya lo tiene, y qué le importan las miradas, y además
ella va a querer, y reúne coraje, y se da vuelta y charla de lo que fuera: el día
ideal, plazas favoritas, gustos de helado, películas vistas más veces,
¿no sentís a veces que te podés entender con todo el mundo y con buena
parte simpatizar, pero no contactás con nadie por las miradas de los otros,
porque qué irán a decir... y en definitiva por un miedo interior?, pregunta.
No sé, pero si vos no me hubieras hablado, yo no lo habría hecho, y ríe. La
voz de ella tiene graves que le erizan los pelos de la nuca, los ojos de
almendras azucaradas, al minuto de charla comienza a peinarse el pelo claro y
lacio, a juguetear con las puntas que le cubren los hombros y no pierde ocasión
de reír hasta que, como si fueran a verse un rato más tarde, o nunca más,
avisa que le llega el momento de bajar, y también a él pues debería haberlo
hecho más de treinta cuadras antes. En la calle se ponen los nombres: Romina,
Gabriel.
Romina
vino de Entre Ríos a los dieciséis con su hermano Lucas para que su abuela
paterna, recientemente viuda entonces, se hiciera cargo de ellos, y terminar el
secundario en Buenos Aires. Había repetido primero el año en que el
padre dejó la casa y se fue con su otra pareja. Siempre había sido un
mujeriego pero defendía firmemente la familia y las apariencias con la
complicidad y comodidad de su esposa que lo quería casi tanto como lo
necesitaba. El hombre hacía esfuerzos para que nada faltara en ninguno de sus
dos hogares, pero cuando su amante –cuatro años de compañeros–
quedó embarazada, se dijo a sí mismo que sus hijos ya estaban suficientemente
grandes, que el bebé iba a necesitar un padre, y rezó para no estar cometiendo
de nuevo un viejo error: tener a Romina había sido un intento de su esposa de salvar el matrimonio. Romina no lo perdonaba, pero no podía
dejar de querer a ese fantasma cariñoso y divertido que le había dado
una infancia feliz y un par de veces por año se le aparecía con regalos
y sorpresas. La madre era una bruja. Sabía que nada cambiaría a su esposo, la
asustaba la idea de quedarse sola después de los treinta y cinco con dos
chicos, y se contentó con ser la primera y tener un buen pasar: decidió que el
marido pagara por su debilidad y garantizar el bienestar de sus hijos. Pero
cuando él finalmente se fue, los culpó a ellos. Se amargó y resintió y les
hizo la vida cruel. Cada vez que había una discusión los azotaba con ese látigo:
su padre me dejó por culpa de ustedes. Dos años después conoció a un
hombre de Tucumán, un hombre diez años mayor, solvente y autoritario,
que precisaba una compañera. Mandó a los hijos con la abuela, la madre
de su ex, y se fue con su pareja al norte. Lucas había empezado a tener
problemas con drogas y llegar con dieciocho a la capital no lo favoreció,
aunque más tarde logró rescatarse de una ruina prematura. Lo último que se
sabía de él era que, desde hacía un año, recorría el norte de Brasil
vendiendo artesanías. Romina lo extrañaba pero era la pérdida que menos
le había dolido: sabe que su hermano no habría sobrevivido en Buenos Aires. La
abuela desvaría, tiene más de ochenta y pánico a la calle. Asoma la vista
detrás de las cortinas y contempla con asombro y desconfianza la ciudad que ha
cambiado temiblemente. Casi no recibe visitas y sospecha de las dos amigas que
de vez en cuando trae su nieta. Romina fue aprendiendo a soportarla y sentir
cariño por esa anciana repetitiva a quien había visto no más de cuatro
veces antes de vivir juntas. El secundario lo terminó a la noche: es
inteligente pero no se adaptaba y repitió tercero. La nocturna le permitió no
perder más años, buscar trabajos de pocas horas en el barrio para
aportar a la casa y, si bien el ambiente no era recomendable, recibió buenas
influencias de buenos profesores. Se metió a magisterio pero su pasión es la
pintura: desde chica dibuja con precisión y expresividad, los márgenes de sus
apuntes desbordan de figuras y lleva un cuaderno de bocetos a todas partes. En
Entre Ríos había tenido dos novios, los dos más grandes que ella: el primero
(un año) la trataba mal, la basureaba, andaba con otras, y hasta dos
veces le levantó la mano: a pesar del enamoramiento, se dio cuenta de que no
podía soportar ese papel. Lo dejó y se retrajo tres meses. El segundo era cariñoso
y ella se entregó algo ingenuamente. Dos o tres veces lo encontró en
situaciones dudosas pero prefirió creerle. Un día se enteró de que en una
fiesta el muchacho se había transado a una de sus mejores amigas. Ocurre muy
seguido y no sólo en la volátil adolescencia; sin embargo, a ella le pareció
una maldición personal, le dejó una cicatriz gruesa. Después de eso le costó
mucho bajar el escudo. En Buenos Aires, demasiado prevenida, no había logrado
confiar en ninguno, pero (Sofía le hizo notar que varios tenían novia) se
relacionó con bastantes chicos, y mientras el amor se hiciera esperar aprendió
a disfrutar de su cuerpo. A los veinte, linda y llena de energía, se siente en
la cima y posiblemente lo esté durante los próximos quince años.
Coinciden
en el placer que fue charlar el uno con el otro y él se propone acompañarla
hasta la puerta, pero ella prefiere dictarle el número de teléfono de la casa
y el de la oficina. Y para despedirse se dan en las mejillas un beso que ya
merecían los labios. Él cruza la avenida sin dejar de mirarla, hasta
sorprender a su prometida volviendo la vista y tirarle un beso tonto con la
mano.
Fue
como si hubieran sido compañeros del club, vecinos, fanáticos de un
mismo hobby. Como si él ya hubiera visto hacía tiempo el dibujo de las pecas
de esa nariz fina, el brillo de la sonrisa, las tetas dando saltitos con los
saltos del ómnibus, los ademanes que las manos no paraban de pronunciar. Y
sintió que no tenía que inhibirse porque se tra-trabara en los comienzos de
las frases o no encontrara las palabras e hiciera eh. Se quedó con una picazón
en todo el cuerpo, soñando escenas de romance y al mismo tiempo reprimiéndose,
diciéndose no te imaginés nada.
La
llamó al día siguiente, temprano, y ni siquiera consideró dar la impresión
del hombre sereno que era; la ansiedad de sus frases y las palabras halagadoras
lo entregaron maniatado a los idénticos deseos de ella. Coincidieron en todo
—se habían divertido charlando, los sonidos de sus risas les gustaban recíprocamente,
tenían ganas de volver a verse— y hubo sólo un motivo de disputa: el
horario de la primera cita. A las seis. A las ocho. A las doce. ¿A qué
hora? A las diez. ¿Dónde?
Por la esquina de la casa de ella, pasó a buscarla el sábado a las diez y quince por una demora ante el espejo y otra del colectivo. Ella lo saludó con un beso en los labios, dos besos. Ahora podemos disfrutar de la cena sin ansiedades, dijo. Más que sorprendido quedó encantado y, aunque los besos volvían inútil su libreto mental, logró relajarse. Caminaron hasta cerca del río oscuro, donde se reflejaba una luna, si no llena, bastante grande y en todo caso digna de romance, y a la orilla de las aguas mansas, se llenaron las barrigas de manjares, los oídos de charla y los ojos el uno del otro. Ella llevaba su sonrisa gloriosa; él los hombros anchos como si hubiera sido responsable de que la noche fuese azul, cálida y sin viento. Regresaron caminando, las manos tocándose a momentos. En el camino se detuvieron y se sentaron en un banco y la charla se tornó en risitas y los ojos se encontraron un instante afirmativo y llegó el primer beso pleno y resultó una delicia. Él le acarició el pelo por detrás de la oreja y la tomó de la nuca y la llevó contra sí y ella le abrazó la espalda y lo pegó a su cuerpo. Fueron sigilosamente reconociéndose y las manos de él se deslizaron a las partes más ansiadas. Ella dejó... pero puso los tímidos reparos de una chica que no quiere ser tomada por fácil, y empezó a prepararlo para la cita siguiente. En la esquina primera, al cabo de unos minutos calenturientos (y varios amagues), se dieron las buenas noches con un beso intenso eterno, y cosquillas en la sangre, como una promesa de amor.
Es como un pulover que pica, como... me siento hermoso y molesto, como lleno de burbujas. No te puedo... te tengo atrás de los párpados..., confesaba él al día siguiente por teléfono, y ella, que debería tener las mejillas encendidas, que se había sentido como si fuera otra, una conocida. Él pasó la semana más ansiosa de su vida. Se llamaron varias veces pero volvieron a tenerse cara a cara recién el atardecer del siguiente jueves. El parque estaba naranja. Él tuvo que esperar: levantaba la vista del libro cada ocho palabras... La vio llegar, se paró, y a ella debe haberle gustado la cara de tonto feliz que tenía por la sonrisa que puso y la forma de agarrarlo de la nuca y la ternura del beso. Compraron comida en la feria y fueron a sentarse sobre el césped para ver cómo el cielo se volvía turquesa y hacer el catálogo de las películas que verían juntos, acordar los animales que no les gustaban y las golosinas más feas que habían probado, cantarse lentos melosos y darse besos largos y apretados, morderse los labios y atraparse las lenguas con los dientes, y tantas otras tonterías hermosas. Por medio día de abrazarse desnudos daría un año de su vida, decía él. Y no había nada que ella quisiera más, pero de momento tampoco había dónde: en la plaza los insectos y la multitud, en sus casas las familias, y en los hoteles demasiada sordidez para la primera intimidad de dos que andan con ganas de enamorarse. Resolvieron (ella) el fin de semana siguiente visitar una quinta olvidada que su abuela tenía en las afueras, y pasar una semana de promesas y amenazas.
Los
días se tomaron su tiempo. Los cuerpos se reclamaban. Se vieron el domingo y el
martes, y se abrazaron y acariciaron con dulzura y violencia, como para quedarse
en el cuerpo una impresión de días. Miércoles y jueves se susurraron al teléfono
las ganas. Finalmente llegó el momento de subir al micro. Llegaron a la quinta
con la noche. Cenaron cuatro bocados y se fueron al cuarto con una botella de
vino. Algo aparte –la frescura del aire, las charlas palpitantes que van
dejando un eco, la transparencia del cielo, el haber notado y aceptado algún
defecto, el silencio del campo y el disfrute de la voz del otro, el fuego que
llevaban en los ojos– algo los emborrachó y el sexo fue un mambo místico.
Los cuerpos parecían modelados uno para el otro. Las palabras festejaban el
desorden y la efervescencia. Los envolvía un aura de ternura, lujuria y
bienestar. Y así pasaron sábado y domingo, con charlas al pasto, manjares
regionales, diciéndose cursilerías que no sonaban como tales y cogiendo a lo
loco.
El
viaje de regreso los encontró mansos, mimosos, en los brazos mutuos, en
silencio. La despedida fue placentera, porque ambos sabían que era momento de
regocijarse en soledad y extrañarse, y a la vez odiosa: esa noche las
camas les iban a parecer angostas y frías. Se dieron un beso infinito y luego
se despidieron tres o cuatro veces más, pero abreviemos toda la zonzera
amorosa.
A
la mañana siguiente, al ducharse, nuestro pobre protagonista descubrió
con una sonrisa boba de orgullo que tenía irritados los genitales. Como una
manchita oval colorada en la base del miembro, donde comienza la bolsa. Para el
mediodía lo habían sorprendido rascándose al menos cinco veces. Pará de
tocarte, pajerón, le había dicho Enrique, y Mauro, su amigo y compañero,
había repetido el chiste dos veces. Con el paso de las horas la zona se enrojecía
y ganaba en irritación.
Esa
misma tarde visitó a un urólogo. Con embarazo se presentó a la recepcionista
(una chica de su edad) que lo hizo pasar a una sala de espera donde sonaba una lúgubre
música clásica y se sentaban dos o tres personas con caras de problemas y
ansiedad. Llegó su turno. En la puerta del consultorio, el doctor, un hombre
alto, de hombros y bigotes anchos, lo recibió con una mano extendida y una
sonrisa poco alentadora. Tuvo que bajarse los pantalones delante de un aparato
que consistía en un pie de metal y un brazo que terminaba en una lupa con una lámpara
en su circunferencia.
A
ver. Bájese bien... No, todo. Eso. El médico frunció el ceño. ¿Cuánto
hace que está así? Desde ayer. Qué bueno que vino rápido. El doctor le colocó
una palangana de acero debajo de los testículos y se los bañó con un líquido
que olía a vinagre. Mencionó el nombre de un ácido, un reactivo que contiene
el vinagre —era el mismo vinagre que hay en las cocinas— y le
advirtió que no se impacientase, que debían esperar. Tal vez con la intención
de aliviarlo, el médico le contó que había visto cosas que usted no creería,
y ahondó en los detalles de dos o tres patologías nada agradables. Bueno,
veamos. Se acercó más a la lupa. A ver, por favor, muévalo para arriba. A
ver, ahí, déjeme ver bien el escroto. El doctor apretaba los labios. Parecía
que meneaba la cabeza. Levante un poco la bolsa, si es tan amable. Tomó una
suerte de regla de acero y le raspó los testículos. Me temo que sí, amigo,
tiene… ¿Qué, doctor? Voy a tener que despellejarlo… No, no
ponga esa cara que es un chiste. No pasa nada, hombre. Es un hongo. Nada severo,
no tiene secuelas, pero es altamente contagioso. Va a tener que topicarse cada
cuatro horas una loción que le voy a recetar, durante cuatro semanas, y por
supuesto abstenerse de todo contacto. ¿Tiene recetario con
descuento? Esto no es barato. En fin, tómeselo con calma, y no se rasque. Dicho
esto, le extendió sonriente la receta, le estrechó la mano, y lo libró a su
desazón.
A
la noche, llamó ella, fascinada: Hola, bomboncito. Las palabras eran como una
caricia en el cuello y el tono de la voz como la lengua en la oreja. Ni el menor
indicio de problemas, nada referido a picazón, ardor, o padecimiento alguno. Él
sintió un poco de vergüenza. No quería alarmarla: ¿qué pensaría si
le dijera que el hombre con el que tuvo sexo olímpico todo el fin de semana tenía
una enfermedad venérea? Se abstuvo de deslizar comentarios sobre el daño
que las actividades amorosas le habían provocado. Ella bromeó acerca de ir el
fin de semana siguiente en una carpa del amor cerca de algún río. Él reía
pero ya lo embargaba la angustia.
No
podía evitarla un mes y ¿se atrevería a decirle la verdad? Y si se lo
dijera y ella no se alarmase y comprendiera que no podrían tener sexo hasta el
mes siguiente, ¿sería capaz de esperarlo un mes? Porque a esta altura la
idea de que ella viera a otro hombre lo sublevaba. Sabía que no tenía derecho
a celos, pero qué mierda importan los derechos cuando se trata de celos. Ahora
él quería que ella fuera suya y ser de ella, y no podía ni pensar en que otro
aplacara los apetitos que ella como cualquier otra mujer podía tener. Era
inconcebible. Tenía que hacer algo, pero ¿qué? Se inspeccionó. Estaba
enrojecido y le picaba con saña. Se puso alóe vera pero con el correr de
las horas la comezón no disminuía; por el contrario.
Llamó
a su mejor amigo, Henry. Nuestro pobre protagonista fue directo al grano. Henry
no pudo evitar una carcajada. ¿Cómo puede un buen amigo no reírse de
desgracia semejante? Se conocían desde el tercer año de la escuela.
Henry había perdido a su madre a los catorce, y el dolor común los acercaba.
No estaban entre los chicos más populares del grupo, pero amparados en la
impunidad que da esa forma del anonimato se daban el lujo de hacer cosas por las
que otros recibían sanción: en quinto tenían más rateadas que el más pillo,
y también más visitas al sauna (tres), pero mejor reputación. Luego la vida
los llevó por distintos cauces. A su modo, ambos se habían vuelto un poco
reservados, huraños, y aunque no se frecuentaban tanto (más aún desde
que Henry se puso a noviar), disfrutaban en grande los momentos juntos. Gabriel
cortó. Al instante Henry llamaba con restos de risa en la respiración. Sin ser
religioso, Henry cree que la fe cura, y tiene fe en casi todas las terapias
complementarias siempre que quien las ejerza lo haga con persuasión. Por
temporadas, consulta a especialistas en psicodrama, osteopatía, reiki,
hipnosis, yoga, aromoterapia, acupuntura, estiramiento... aunque goza de
perfecta salud, y de una serenidad y una paz con el cosmos que pueden tanto
transmitir calma como resultar enervantes. Gusta de mirar el universo desde una
perspectiva espiritual, y tal vez por eso trabaja menos y gana más. Después de
reprocharle no haber ido a un homeópata, sugirió que un pensamiento culposo
pudo haberlo intoxicado. O quizás, no te sentís preparado para recibir la
dicha, no te creés merecedor y te estás auto-boicoteando, o puede ser la química
del miedo, el verte involucrado en una situación que no manejás solo. Gabriel
le pidió que no le hinchara las bolas. Decíme qué se puede hacer, en concreto.
Bueno, yo creo que lo mejor es hacerte una curación. Y le pasó los datos de la
señora Milagros, una sanadora. Quedaron en tenerse al tanto y se
palmearon las espaldas por teléfono. Nuestro pobre protagonista no quedó más
tranquilo. Revolvió las sábanas toda la noche pensando en ella y suspirando y
tratando de no rascarse y haciéndolo y deliberando qué era lo mejor.
Al
mediodía siguiente, había poco trabajo, se excusó de la oficina y fue a ver a
la curandera. La dirección correspondía a un departamento en un edificio de
diez pisos. 3º “D”. La señora Milagros, cincuentona,
ojos de miel, un vestido floreado en celeste y negro, cabellos cobrizos
recogidos, lo recibió en un living comedor con piso de parqué, mesa con mantel
y centro con frutas de yeso, aparadores llenos de adornos y souvenires, nada
fuera de lo común. Dos niños, de cerca de doce y nueve, miraban los
dibujos en un cuarto contiguo. El lugar olía a sahumerio, y en dos rincones ardían
velas. Había algunos crucifijos y algunas estampas de santos, pero no más que
en la casa de cualquier abuela. Podría haber sido la madre de cualquier compañero
del normal uno. Se le notaban en la cara los caminos de los años, y acaso
no fuera feliz, pero irradiaba tan buena predisposición que imponía confianza
y contagiaba bienestar.
Vos
venís por un mal de amores. Más o menos, dijo él. Estás enamorado y no sos
correspondido… tu mujer te engaña, entonaba de la afirmación a la
pregunta la señora Milagros. No, no exactamente, espero que no. ¿Exactamente
qué?, dijo la adivina. Un problema ahí abajo, dijo él y bajó el mentón y
las cejas. ¿No tenés erecciones? Eso puede ser serio, nene. Tengo, la
tranquilizó, pero me agarré algo. Bueno, querido, vas a tener que mostrarme. Y
sin vergüenza que puedo ser tu mamá, agregó al ver que el muchacho se
ruborizaba. Entornó la puerta del cuarto de los hijos, prendió una luz más y
se calzó los anteojos que le colgaban sobre el escote. Mostráme bien, eso. La
señora Milagros puso la misma cara que el médico pero no hizo bromas. Le
hizo la señal de la cruz tres veces y musitó unas oraciones. Bueno,
hijito, empezó, no sientas vergüenza: esto le puede pasar a cualquiera. Parece
que tenés un honguito. Después: hay dos formas de curarlo. La primera es con
aceite de auto quemado —así se curan las heridas del pellejo de los
animales. Vas a un mecánico o una estación de servicio con un frasquito y les
decís si te dan un poco de aceite que hayan cambiado. Ahora, este método no es
tan seguro y tarda dos semanas. El otro método es… ¿vos tenés
perro?
No,
dijo nuestro protagonista, angustiándose aún más por el giro que tomaba la
conversación. Había tenido un perro cuando niño; blanco y marrón, sin
raza. El perrito lo había seguido hasta su casa y su madre le había ofrecido
quedárselo. No lo entusiasmaba: el perro olía mal y le faltaba el pelo en
algunas partes, aunque era bastante cachorro y tenía una cara graciosa. Lo
llamaron Barbita por las mechas debajo y alrededor del hocico. Con el andar de
las semanas, llegó a encariñarse pero, a menos de dos meses de tenerlo,
la puerta de calle quedó abierta en un descuido. Sucede con frecuencia: las
mascotas enteran a los niños de la muerte. El perrito, curioso e ingenuo,
se hizo a la calle y un auto lo mató. Se lo explicaron. Estuvo triste e
inapetente una semana, deseando que volviera. La madre quiso sustituirlo; él no
quería saber nada. Luego lo sintió como una traición del perro: había
escapado. Ya no confiaba en los perros, no los quería.
Después
del episodio con el doberman les tuvo terror. Tenía siete años, estaba
jugando al fútbol en un pasaje a la vuelta de la casa de sus primos huérfanos,
a quienes criaba una tía que ya se había arqueado mucho y rara vez estaba
atenta. Era un jugador discreto, consciente de sus limitaciones pero apasionado
y comprometido con el juego. Una tarde colgó una pelota en una casa cuyos dueños,
un polaco con voz de trueno y una esposa amarga y una hija preciosa, estaban de
vacaciones. Saltó el portón. El perro no ladró; se prendió directamente de
la cola de nuestro pobre protagonista. Para rescatarlo y llevarlo al hospital,
tres chicos tuvieron que distraer al perro, que llegó a morder a su primo Diego
en la mano. Les dieron vacunas y los dejaron en observación. Después de tan
traumática experiencia, no podía ver un doberman ni en televisión sin que el
pavor lo invadiera y empezara a transpirar. Y desde ya recelaba otras razas.
Bueno,
algún conocido de confianza tiene que tener un perro, dijo la señora. La
cosa es así: la saliva de los perros tiene propiedades curativas: los perros
son sus propios dermatólogos. ¿Qué-qué quiere decir? Te puede resultar un
poco chocante o desagradable, pero lo que vas a tener que hacer es que un perro
te cure, dijo la señora. Es el remedio más eficaz: en tres y cinco días
estás fenómeno. Después vas de nuevo al doctor para asegurarte. Pero…,
quiso decir él. Pero nada, nene. ¿Nunca te cortaste y te lamió un
perro? Es lo mismo, querido. Mientras tanto, yo voy a estar rezando por vos para
que se te pase bien rápido. Y te voy a mirar porque me parece que también estás
ojeado. ¿Qué más te puedo decir? Vos elegís hacerlo así o hacer lo
que te dijo el médico, y esperás un mes y gastás lo que haya que gastar. Yo
no te cobro nada: me dejás una ayuda a voluntad. Como sea, ponéte bien pronto.
Y cualquier cosa me llamás de nuevo.
Era
una locura, se decía en la calle, una locura. Al pasar por una farmacia, entró
y preguntó el precio del medicamento prescripto, y los ojos por poco se le
salen: casi un tercio de su sueldo, que la excursión a la estancia ya había
menguado. Obviamente no llevaba tanto dinero encima, y tuvo tiempo de darle un
segundo pensamiento a la receta de la señora Milagros, y volvió a
resolver que era una locura. Pero a las siete cuadras de caminata se sorprendió
mirando a los perros y formándose imágenes de su curación. La prescripción
de la señora Milagros guardaba una conexión más directa con la
Naturaleza que las manipulaciones químicas de la Medicina y la Farmacia,
intentaba convencerse en su perplejidad: era una locura. Cuando volvió a su
casa lo llamó a Henry.
Yo
que vos le hago caso a Milagros, papá, a mí me curó la culebrilla al toque.
Henry le dijo que lo pensara en frío y lo consultara con la almohada. La
medicina es una forma parcial de pensar la salud. ¿Cómo resuena una
infección en tu interior, si es que no viene de ahí? Habló de placebos, de la
elección de la necesidad, del amor astral, del concepto de transferencia, de la
simbiosis de los seres. A Henry le gustaba hablar y a Gabriel escucharlo pero
necesitaba algo que lo decidiera y ahora no tenía menos dudas, estaba todavía
más perdido. Quedaron en juntarse a tomar unas cervezas. Entretanto, debía
inventar pretextos o esquivar amorosamente a Romina, que ya planeaba la próxima
excursión a la felicidad.
¿Qué
haría? El aceite de auto no era muy convincente. Pero los perros… Pensar
un doberman le daba escalofríos, y el resto de los perros grandes —dogo,
grandanés, ovejero— también le parecían máquinas de muerte. No eran
animales, eran obreros entrenados para ejercer la paranoia o el sadismo de sus
dueños. Podía imaginarse a todos los perros grandes con cascos de
soldado. Por otra parte los perros pequeños tienen un cerebro pequeño
y un corazón proporcional que bombea sangre a una velocidad muy alta para un
sistema circulatorio tan breve, y esta es la causa de su estado de excitación
constante y en algunos casos, de un carácter antipático. Los perros medianos
eran la única categoría posible. Lo ideal hubiera sido un cachorro, cuya
docilidad e inconsciencia mucho podía colaborar. Los perros adultos muchas
veces, y esto es porque imitan a sus dueños, adquieren miradas
inteligentes, sagaces, comprensivas. La señora Milagros no había
mencionado cachorros. ¿Sanaría su baba? Razonó que lo mejor sería un
perro que babeara en abundancia, curación más eficaz y segura, comprar no la píldora
sino la tableta. Boxer y bulldog descartados: muy intimidatorios. Los basset
babean y no son agresivos. Se rió de sus pensamientos pero la opción médica
ya había perdido poder de convicción —si bien la salud no tiene precio,
esto era exagerado— y lo que más recordaba era el olor a vinagre y la
sonrisa del farmacéutico: y sí, es importado. A la vez no podía creer que
estuviera pensando en perros como lo hacía. En definitiva, sólo atinaba a
tomarse la cabeza, tratar de no rascarse la entrepierna, resoplar, burlarse de sí
mismo, y rascarse poco.
La
llamó. Hola, preciosura. Hola, dulce. Te escucho y floto. Oíme, lindo, te
tengo una mala noticia. Él se alarmó pero resultó lo contrario: Mañana
llega mi papá para pasar el fin de semana, y no sé si nos vamos a poder ver.
Bueno, si te enterás de que me maté, traéme flores, bromeó. En verdad la
extrañaría como en un melodrama, pero por otra parte conseguía una prórroga
para su tratamiento. Ojalá que sueñe con vos. Volverían a hablar en el
fin de semana. Ruidito de besos. Ay, esa boca y esa lengua dulce. Quedó
suspirante.
¿Entonces? ¿Debía simplemente comprar un perro? ¿Era eso lo que el destino le dictaba? Imposible. Su madre le tendría alergia; su hermana se iba a encariñar; y él terminaría por hacerse cargo de las heces y los charcos. ¿Y una vez que el perro hubiera hecho su labor? ¿Cómo deshacerse de él? Entretanto, el tiempo pasaba y él no podía esperar más: eso era lo que ofrecía la ciencia y él necesitaba que una magia inmediata lo librara de su peste. ¿Quién tiene perro? Eso era en lo que debía concentrarse: los perros al alcance. No tardó en descartar los cuatro perros callejeros de su tía Amelia, el caniche de su abuela, y darse cuenta de que el mejor perro, lejos, perra en realidad, era Colina, la collie de su primo Diego. Aunque hacía demasiado tiempo que no lo visitaba.
Diego
tiene un retraso. Ahora está frente al televisor sin mirarlo: está calculando
las cargas sociales que su compañía paga cada mes. Tiene veintinueve,
una esposa con rasgos de down, un hijo normal de cuatro, y es un empresario
exitoso del rubro de los rulemanes, aunque un empleador severo y, un poco, un
resentido. Estudió en una escuela diferencial desde jardín y por cinco años
durante los cuales fue el mejor promedio y abanderado de su curso. Después pasó
a una escuela normal donde no sólo desempeñó un papel discreto como
alumno sino que además recibió las hostilidades de sus compañeros. Así
creció, en un medio adverso, en un ambiente que alentaba su complejo de
inferioridad, y respecto a las pequeñas conquistas su paranoia le decía
que lo dejaban triunfar por lástima. Haciendo frente a toda esa negatividad, se
abrió camino desde abajo. Al terminar la escuela entró como empleado de una
casa de repuestos. A continuación, como encargado de Ferrero Rodamientos,
comenzó a forjar centavo a centavo su futura fortuna. Finalmente, la industria
atravesaba un momento difícil, Ferrero lo apreciaba, confiaba en él, lo
necesitaba, sabía de los ahorros y se lo propuso: se asociaron. Diego y sus
padres compraron la mitad del negocio. Seguía cumpliendo las mismas tareas,
menos horas, o más, y participaba de las ganancias. Salvo dos veces y por
montos chicos, su socio siempre le fue honesto. Emplean muchachos con
capacidades especiales que les ahorran impuestos aunque no disgustos. Diego es
un patrón exigente, estricto, que a veces ridiculiza a sus empleados para
ejercer su autoridad. Lo insultan o burlan entre dientes pero lo respetan y
aprecian –saben que en el fondo es un tierno. Le abre el corazón a
cualquiera que al hablarle le apoye una mano afectuosa en el hombro. Rara vez
niega un favor. Sobre todo desde que goza de una posición privilegiada. A
Gabriel lo adora, y siempre le recuerda el viejo susto y heroísmo del día del
doberman.
Nuestro
pobre protagonista lo llama y le cuenta que soñó con él, estábamos
buceando y yo me quedaba atorado en la escotilla de un velero hundido pero vos
me ayudabas a salir, y le dieron ganas de verlo. Que lo invita a comer un asado
en su propia casa. No, primo, tengo cualquier cantidad de cosas por resolver, y
mañana está anunciado lluvia. Yo ya tengo el asado comprado, primo. Además,
¿cuánto hace que no nos vemos? Y es como si le apoyara una mano en el
hombro, y Diego cede. Nuestro protagonista lo apura y cierra el encuentro para
el día siguiente.
Al
mediodía siguiente llueve. Llega con una bolsa de carbón, una de carne y
achuras, y un vino. Lo atiende Leticia, se seca las manos con el delantal que le
cubre la pollera, y aprieta a nuestro pobre protagonista, todo mojado, contra su
pecho. Tanto tiempo, tanto afecto. Leticia también lo adora y se alegra mucho
mucho mucho de verlo.
Leticia
conoció a Diego en la escuela diferencial. Ella egresó ahí pero desde que él
cambió de colegio fueron novios. Vivían a cinco a cuadras. Ser novios era ir a
pasear por la plaza, a tomar helado, al cine. A veces, agarrados de la mano. No
charlaban mucho, más bien se sonreían con el alma. Se daban un beso por cita.
Sólo con los labios, muy largo. Las familias los supervisaban con pudor y
recelo pero al cabo el verlos felices se impuso y ya no pusieron obstáculos.
Diego terminó el bachillerato y empezaron a pensar en casarse y tener bebés.
Les contaron a las familias y hubo alarma, y postergación. A Diego lo
ascendieron en el trabajo, aumentó su capacidad de ahorro, podía obtener un crédito
y comprar una casa. Leticia ya era una muchacha grande y en muchos aspectos
autosuficiente. Las familias pudieron ver con perspectiva, más allá del escándalo
y el miedo, hicieron especulaciones. Consintieron. Cuando Diego se asoció con
Ferrero, se decidió que si era apto para conducir una empresa, lo era para
conducir una familia. Los padres de Leticia se dejaron convencer. El matrimonio,
con momentos difíciles como todos, resultó en definitiva una fuente de dicha.
No han dejado de amarse ni un poquito. Y los dos son conscientes y agradecidos
del amor que se tienen.
Te
estábamos esperando. Qué grande, qué lindo que estás. ¿Estás de
novio o seguís un tiro al aire?, sonreía Leticia. Martín fue de la abuela;
está enorme, tenés que verlo. Vení, sacáte la campera que estás empapado.
Leticia volvía a abrazarlo. Nuestro pobre protagonista se sintió muy
bienvenido y un poco miserable ante tanto cariño sincero y ocultando,
aunque por una causa noble, propósitos oscuros. La estaba poniendo al día con
las novedades familiares —Jimena tenía que dar una previa; su madre se
estaba haciendo unas biopsias— y un tremendo susto le pegó Diego al
abrazarlo de atrás. ¡Gaby viejo nomás! ¡Primito querido! Se reía
a carcajadas. Qué cagazo te pegaste, ¿eh, tonto? Gabriel contuvo la
palabrota. Y se ablandó un poco cuando Diego volvió a envolverlo en el amor de
un abrazo. ¿Cómo estás, primo, tanto tiempo? Estás más arreglado,
casi tenés mi pinta, ¿andás con alguna chica? ¿Eh? Y le sonreía
de oreja a oreja. Gaby, viejo nomás. Vení que tengo vermú y me contás de tu
vida. ¿Qué te puedo contar? Sigo trabajando con Enrique. Tratando de
ahorrar un poco para más adelante. Salgo con chicas. ¿Y el estudio,
primo? Vos tenés que aprovechar que sos inteligente. Con tu capacidad…
Nuestro
pobre protagonista vuelve a sentir la punzada culposa. Diego lo adoraba y le
hablaba con el corazón mientras él buscaba rastros de Colina en el parque
lluvioso que separa la casa del quincho. No iba a poder; era una canallada.
¿Qué pasaba si mejor lo decía? Primo, tengo un problema ahí abajo y
necesito que tu perra me cure. Imposible. Tenía que lograr estar a solas con
Colina por un rato, ¿cuánto?, ¿o mejor dos ratos cortos? Todavía
no descubrí mi vocación, decía Gabriel con tono de excusa. ¿Qué te
parece si voy prendiendo el fuego? Primo, está lloviendo, pidamos por teléfono,
otro día comemos asado. No, primo, ya traje todo, dejá que yo me encargo.
Prendo el fuego y después es dejar que se haga. Entonces salió a la lluvia
decidido con las bolsas, y en el quincho, al pie de la parrilla, moviendo la
cola, lo esperaba Colina, que parecía sonreír.
Diego no lo siguió y Gabriel, mientras se acercaba, iba pensando: ahora o nunca, no puedo, primera chance o nada, soy una criatura vil. Colina se acercó y le lamió la mano derecha. Amagaba levantar las patas delanteras. Él apoyó las bolsas sobre la mesada junto a la parrilla, le acarició la cabeza, el cuello, las orejas, y, cerrando los ojos, se bajó el cierre sin poder creerlo: sin rodeos la perra hizo lo suyo, delicadamente, con rapidez. Tres veces giró la cabeza Gabriel. Nada. Todo tranquilo. Del otro lado del vidrio del comedor, Diego abrazaba a Leticia, la besaba en la frente y miraba a través de la lluvia la espalda de Gaby, que jugaba con Colina.
Después de un rato, nuestro pobre protagonista juzgó que ya era suficiente —aunque después la duda y la paranoia lo condujeron a una segunda sesión— e intentó concentrarse en prender el fuego. Lo que había estado haciendo lo distraía. Entonces se acordaba de ella, de los ojos y la risa, del perfume de la piel, de la voz y la cadencia, y los sacrificios eran irrisorios. Acomodó bien los diarios, las maderitas, los carbones, y apantalló fuerte. Prendió rápido; luego, paciencia. No pensar tanto, que se haga la brasa, poner los chinchulines, los chorizos, salar y echar la carne, dar vuelta, un rato y comer. En el medio hubo tiempo para tomar el vermú con picada, para que nuestro protagonista se angustiara y le pidiera otro favor a Colina, para charlar sobre la anécdota de la pelota y el doberman, sobre la vida en el campo, los cierres de fábricas y las repercusiones en la industria del rodamiento. Está todo parado. Gabriel volvió a contar, con más detalles –era un mar transparente, de arena blanca, pero no estábamos de vacaciones: estábamos buscando algo importante–, el sueño inventado que lo había traído, y después, disfrazándola un poco, comentó su relación con Romina: era una historia de amor puro, pero el haber llegado tras una mentira, lo hizo salpicar de mentira todos sus relatos. Culposo y todo, podía decirse feliz de estar en esa mesa. Se sentía agradecido por haber reencontrado a un primo al que quería sinceramente y con quien siempre podía contar.
Nuestro pobre protagonista salió de ese chalet con un caudal de Amor como para sanar a seis personas, con los brazos llenos de una fuerza pura. Si cerraba los ojos se sentía abrazándola. Respiraba hondo y suspiraba como si le pudiera oler la piel con la mente. Se cruzó con un locutorio, entró y llamó: atendió la abuela; ella habla, dijo. Qué tal, señora, está Romina. Sí soy yo, pero ahora salí. Una risita. Cortó. Llamó a Henry. Tampoco estaba. Quería compartir su regocijo con alguien. Ayudó a un tipo a empujar el coche, y arrancó enseguida. Antes de llegar a su casa vio a su hermana subiendo al auto de un barbudo. Ni bien entró se metió en el baño a observarse. No había empeorado y lo tomó como un buen signo. Luego tuvo que oír a su madre. Ponéme a calentar agua para un té, hacéme el favor que no me siento muy bien... y la locación de los malestares. Se refugió en su cuarto. La volvió a llamar. Contestó la abuela. No, se fue a Entre Ríos, sí, una misión especial. Risitas. Dígale que llamó Gabriel. ¿Dónde estaría? Dedicó sus ideas a celarla, a imaginarse que estaba en una cita con otro, que podía tener más pinta o más plata, ella quería divertirse y lo suyo era muy reciente: lo del padre era mentira. Pasó una tarde amargado pero al menos se olvidó de la picazón. Volvió a llamar a Henry.
Esa noche, se encontraron para charlar y tomar unas cervezas. En un momento nostálgico de la charla, Henry hizo el breve prólogo de una confesión. ¿Te acordás una Navidad que volqué y me quedé en tu casa? ¿Que me quedé dormido en la ducha? Sí, y prefería olvidarlo. Con ayuda, se había secado y tirado en su cuarto. Semi-consciente, Henry se había apretado a Jimena. Es una boludez, pero que no lo supieras, lo agrandaba. ¿Cuántos años tenían? ¿dieciocho? Jime tenía trece, robacunas. Pero la iniciativa había sido de ella. Risas. Brindis. Bromas. Después Henry se largó con el amor libre (aunque llevaba dos años de novio), del paso del tiempo y el avance de la incredulidad, de fantasmas, de la vida en otros planetas. Charlaron de las posibles biografías de las chicas que entraban al bar (aunque ambos enamorados deseaban a sus mujeres), de la influecia de la luz y el color sobre el espíritu, ¿el expresionismo?, y se fueron a dormir no muy tarde.
Esa noche prácticamente no se rascó y a la mañana, posiblemente el efecto placebo ayudó a disminuir los síntomas. La irritación había disminuído. Volvía a pensar en ella y las memorias del fin de semana anterior se mezclaban con las fantasías sobre el siguiente. Ya se imaginaba de campamento en San Pedro o Chascomús, a la orilla del agua, arrojando piedras que hicieran patito y le desprendieran anillos al reflejo de la luna. Compartiendo los sonidos de pájaros y bichos, la brisa cargada de guitarras y risas de fogón. La tarde siguiente, levantó el teléfono y probó en tres o cuatro momentos. Atendió un hombre grande, el padre. Era cierto, claro. Se quedó sin palabras y cortó. Hablaron un momento por la noche (llamó ella) y volvió el embeleso y la expectativa por el viernes.
El martes a la tarde pasearon juntos. Volvieron al lugar de la primera cena, junto al río. Jugaron carreras con trampa. Jugaron a las adivinanzas y al veo-veo. Jugaron a decirse piropos en jeringoso. Al besarse jugaban a soplarse en la boca. Y, tan en serio como juegan los chicos, jugaron a quererse con todos los sentidos. Los cuerpos se urgían, y los besos eran de caramelo derretido, y las manos apretaban la carne querida con fuerza. Desde un camión de basureros le gritaron aflojá, calentón, y que no comiera delante de los pobres. Jugaron a despedirse mil y una veces.
El
día siguiente pasó veloz y gustoso, sin darse cuenta, como una buena película.
Sugestión o tratamiento, ya casi no tenía colorado. Hablaron de nuevo por la
noche (llamó ella; él no la había encontrado). Tardó en dormirse; no podía
concentrarse en nada, ni siquiera en ella: pasaba de una idea a otra sin
coherencia alguna. Cabeza de novio.
Se
levantó a las ocho y revisó la zona cada treinta minutos: la rojez bajaba de
tono. Antes del mediodía llamó a la señora Milagros y le contó en
abstracto el curso del tratamiento. Entonces va todo bien, le devolvió, yo voy
a seguir rezando pero no te olvides de controlarte con un doctor. Esperó dos días
más para ir a verlo, a otro, en otra clínica de la obra social.
La
puerta de vidrio del edificio estaba marcada de dedos, y si bien adentro no se
notaban rastros de mugre, la atmósfera sofocaba –poca luz
solar, caras grises, embotamiento– como en ciertas reparticiones estatales
o sindicatos. La recepcionista, una señora mal teñida pero de
prolijas uñas rojas, lo atendió con coquetería. ¿Al urólogo?,
preguntó fuerte. No había más de tres personas; lo hizo sentar frente a su
escritorio desde donde lo miraba con insistencia mientras cuchicheaba con
colegas y enfermeras. La incomodidad y leve paranoia no duraron más de diez
minutos. El médico lo llamó desde adentro de un consultorio. Tenía tonada de
peruano o boliviano, y, del otro lado de la puerta, la frente prolongada hasta
atrás, lentes, una altura considerable al pararse para saludar, y un
guardapolvo inmaculado. Su seriedad ni sumaba ni restaba embarazo a la situación.
Gabriel le describió la irritación como si fuera nueva: nada de médico,
Milagros o Colina. Bien, párese, por favor, delante de esta lupa y bájese
todo. Se puso en la derecha un guante de látex que por fortuna no usó. También
colocó un plato hondo de acero bajo los testículos, le echó vinagre y pareció
menear la cabeza pero en cambio diagnosticó: no tiene nada, amigo, un poco
irritado, déle al asunto con más calma.
No
cabía en sí de la alegría. Al salir, llamó a su amada para preguntarle si
compraba los pasajes, y para dónde. Habla la reina, ya le doy con la princesa,
dijo la abuela. Hola, ricura. Hola, lindo. ¿Qué planes tenés para el
fin de semana? Toda tuya. ¿Hacían lo del campamento? Sí. No sé. Bueno,
pero... Dale. Él sacaba los pasajes, se encargaba de la bebida, la carpa, la
linterna y el off; ella, de la bolsa de dormir y dos comidas. Hablamos mañana.
Te mando una docena de besos y un ramo de cosquillas. Salían el viernes a la
tarde.
Llamó
a la señora Milagros. Gracias. Le contó todo. Mil gracias. Le prometió
un regalo. Y que le iba a mandar a su madre. Gracias de nuevo. Llamó a Henry y
también le agradeció. Se dijeron lo bueno que estaba ser amigos y poder
confiar uno en otro, y parcamente el cariño que se tenían, y charlaron
breve sobre los planes respectivos del sábado y cómo todo es fantástico
cuando estás enamorado.
El
viernes –ella estaba tan hermosa– salieron a los besos rumbo a
Chascomús. El camping está ahí nomás de la laguna, tiene luz y baños
limpios. Les tocó tiempo cálido. Y se dedicaron al amor tangible tiempo
completo, incluso cuando se callaban y concentraban en sí mismos, y disfrutaban
de la ofrenda mutua de estar juntos. Durante dos días no se distanciaron más
de un metro. Embelesados, o se abrazaban, o se besaban o se daban la mano o se
hacían un mimo. ¿Sentís cómo me late el alma?
La segunda noche en la carpa, antes de dormir, sin luz, mientras le hacía cucharita, él le contó, susurrando, con prólogos y circunloquios, toda la historia de su daño y curación. Se ponía nervioso y no estaba seguro de cómo se lo tomaría, pero no soportaba guardar el secreto. Ella escuchó en silencio, haciendo hm. ¿Se reía para adentro? Cuando terminó el relato, se dio vuelta, prendió la linterna, lo miró a los ojos, y le preguntó ¿en serio? En serio. Y soltó la risa. Él también. Rieron. Se rieron, con todo el cuerpo, por un buen rato. Nuestro pobre protagonista se sintió aliviado, suspiró y respiro hondo. Volvieron a reír. Cuando pudieron parar, ella lo besó con el alma y se lo llevó en el abrazo hasta lo más hondo del pecho. Se dieron otro beso de minutos. Después, ella volvió a mirarlo con amor en los ojos, y le susurró al oído que por él se desbordaba de alegría, que se entusiasmaba, que tarareaba el día entero, que volvía a creer, en no ponerse a la defensiva ni ocultarse, en darse entera, que por eso se había enamorado de él.
Y desde entonces vivieron felices y solamente se ocultaron lo que pudiera lastimar al otro.
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