Nunca
se sabe cuán fiables pueden ser pero existen rumores de que Segovia mandó a
matar al brujo. El brujo había auscultado en silencio las líneas de la palma
ancha de Segovia. Después, lo había mirado a los ojos y le había dicho con
voz serena que intentarían matarlo tres veces. Y que moriría a manos de un
asesino.
Segovia
asintió; le creía, aunque no dejaba ver que se preocupara. Al contrario, se rió
para adentro, agarrándose la barriga, se peinó los bigotes con índice y
pulgar, hizo una broma sobre sus cuatro vidas, sobre cómo las iba a hacer
durar. Pero la verdad es que la inquietud lo carcomió desde entonces. Tenía
asumidos los peligros de su posición, salvo que ahora había una sensación de
inminencia.
Mandó
reforzar la custodia, y comenzó a llevar una pistola él mismo. A las seis
semanas, sin embargo, cuando el alerta se relajaba y había empezado a
olvidarse, mientras recorría a caballo la estancia de un caudillo aliado,
recibió la bala de un francotirador entre el hombro y el cuello. Cayó del
caballo, que se encabritó cuando otra bala fallida alcanzó su lomo. En
minutos, el francotirador fue capturado y sometido a un pelotón junto a los
jefes de los custodios. Segovia pasó una semana convaleciente y meditabundo
aunque sin desatender sus negocios.
El
siguiente atentado ocurrió seis meses más tarde, en los primeros días de
primavera. Se encontraba en los balcones de su casa frente al Club Náutico. Era
un mediodía de sol tibio; desde el mar soplaba una brisa fría. Segovia se
disponía a almorzar y hacer tratos con una de sus ex mujeres, madre de tres de
sus siete hijos. No estaba en el mejor de los ánimos, y no le gustó el aroma
de su sopa de mariscos. El cocinero fue mandado llamar y probar su plato. Tomó
dos cucharadas y no alcanzó a toser que se deshizo en el suelo. Los mozos
fueron degollados; los cadáveres atados a vehículos y paseados por los
suburbios para que cundiera el ejemplo. Segovia tenía cuarenta y cinco.
Ocho
meses después, Segovia hubiera deseado que el brujo estuviera vivo para poder
preguntarle. Como cada tercer jueves del mes, había estado practicando tiro en
un polígono abierto con un senador amigo y el armero que los proveía. Era una
mañana fresca y sin viento. Tiraron con pistolas y rifles a blancos móviles
y fijos, unas trescientas municiones. Al mediodía habían acordado ir a
almorzar. El senador estrenaba un importado de ocho cilindros y pensaba ir a
testear la potencia. Segovia tuvo que ir a descargarse y se demoró en el baño.
El senador y su flamante auto volaron por el aire y echaron pedazos de fuego
para todas partes. No quedaron restos reconocibles. Dos custodios murieron también.
Segovia no supo cómo tomarlo. ¿Habían sido ambos los objetivos?
¿Había sido él? No parecía una coincidencia.
No hacía dos años desde que el brujo había hecho sus predicciones y Segovia ya parecía haber gastado tres vidas. Decidió, durante las siguientes dos semanas, refugiarse en una de sus casas, en un barrio cerrado, junto a su actual familia: su joven mujer, su hijo de cuatro y el bebé. No resultó una buena idea. Segovia era presa de la paranoia, tenía un humor de perros y estaba el día entero sobresaltado, como en los peores momentos de su antigua adicción. Las riñas eran constantes. En un ataque de pánico, Segovia había confundido a un guardián con un agresor y le había disparado dos veces: lo había herido malamente. Había sido sólo un aviso: apenas tres tardes después, en otro ataque, Segovia oyó ruidos sospechosos en la cocina. Se apresuró a tomar su arma, pegar un grito y entrar. Al cruzar la puerta percibió un movimiento en la entrada de la bodega y disparó cuatro veces –contra su hijo.
En el entierro sintió el desprecio de su mujer, de sus ex, y el suyo propio. Detrás de los lentes negros, la cara parecía de mármol, pero tenía los hombros caídos. Fue el primero en salir del jardín de paz. Hizo que lo llevaran a la casa inhabitable. Pidió a los custodios que lo dejaran solo… y lloró comó un chico por horas. Luego se metió en la cama, y se voló la cabeza.
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